domingo, 18 de junio de 2017

Pedro Salinas / Monasterio de El Escorial



Madrid
Fachada occidental.
Arquitectura herreriana.
Siglo XVI


ESCORIAL II

En vez de soñar, contar.

La fachada del oeste
tiene
seiscientas doce ventanas.

Por la primavera van
en su cielo, hacia el domingo
una, dos, tres, cuatro, cinco
nubes blancas.

Yo te quiero a ti, y a ti
y a ti.
A tres os quiero yo.
A las doce el tiempo da
doce campanadas.

Y ya no podrá escapárseme
en las volandas del sueño
la mañana. Haré la raya
para ir sumando: seiscientas
doce, más cinco, más tres,
más doce.
¡Qué felicidad igual
a seiscientas treinta y dos!
En abril, al mediodía
cuenta clara.

domingo, 11 de junio de 2017

Lourdes Ortiz / El baño turco


El baño turco
1862
Pintura orientalista
Museo del Louvre de Paris.


Un ojo de buey, la mirada clandestina y secreta: penetrar sin ser visto en su intimidad, ellas tan abandonadas, tan desmedidas y sensuales, entregadas a su juego. Una atmósfera cargada y sin embargo bañada por la luz que dibuja una vez más los cuerpos y los inmoviliza con una precisión matemática de autómatas. Cuerpos que se hacen forma, que se amoldan geométricos en un puzzle de figuras que se integran y se acoplan, violentados, anónimos, casi minerales. Un hálito de modernidad en la mirada lujuriosa y mimosa del anciano que se desvela y se corrige imsomne una y otra vez, un paso más. Ellas tan a lo suyo, emancipadas e indolentes en su desnudez. Un mundo, imaginado en la vigilia de caricias femeninas, de roces, de manos que se pierden y caderas que se alargan, modiglianescas antes de tiempo. O la frialdad del mineral, del totem. Baño turco. El infinito concentrado en un círculo, Útero y ventana vedada. Atisbar, cazarlas en ese instante descuidado del baño, momento de complicidad y risas, de piel despreocupada, de desmadejamiento, de pérdida de la compostura, tan ajenas al hombre y a sus ojos acuosos. Pechos redondos, vientres curvos y densos, oferentes. Volúmenes que se funden y se hacen sólidos. Abstraídas, ensimismadas, inocentes y traviesas, lúbricas en su dejadez. El anciano siente un escalofrío. Retoca, perfila. Hace calor, un calor de sauna, de cuerpos amontonados. La risa del sultán, la glotonería del eunuco condenado a la mirada, sólo a la mirada y a la caricia. El anciano pasa la lengua por sus labios y le llega el sondo de un rabel, tal vez una cítara. Y vuelve a soñar. Se sumerge en la humedad, atisba por el ojo de la cerradura y oye el murmullo de los cuerpos que se aletargan, el sonido del agua.

El viejo Ingres sueña y mira por el ojo de la cerradura.

domingo, 4 de junio de 2017

Leconte de Lisle / Venus de Milo


Afrodita de Melos (Venus de Milo)
Escultura helenística.
130 - 100 a.C.
Museo del Louvre (París)


Mármol sagrado, revestido de fuerza y de genio,
diosa irresistible de porte victorioso,
pura como un rayo y como una armonía,
¡oh Venus, oh la belleza, madre blanca de los Dioses!

No eres Afrodita, acunada por el oleaje,
posando sobre tu concha azul un níveo pie,
mientras en torno a ti, visión rosada y rubia,
vuelan las risas de oro junto al enjambre de los juegos.

No eres Citerea, en su pose relajada,
perfumando con tus besos al dichoso Adonis
y sin más testigos sobre las ramas combadas
que palomas de alabastro y pichones enamorados.

Tampoco la Musa de elocuentes labios,
ni la casta Venus, ni la muelle Astarté,
la cual, con la frente coronada de rosas y hojas de acanto,
sobre un lecho de lotos se está muriendo de placer.

¡No! las risas, los juegos, las Gracias entrelazadas,
sofocadas de amor, no te acompañan.
Tu cortejo está formado por estrellas acompasadas,
y los astros se han enlazado en cadena tras tus pasos.

¡Oh, adorable símbolo de una felicidad impasible,
tranquila como el mar en su serenidad,
ningún sollozo ha quebrado tu seno imperturbable,
nunca humanos llantos han empañado tu belleza!

¡Salud! El corazón se arroja hacia tu imagen.
Una ola de mármol sumerge tus blancos pies;
caminas, orgullosa y desnuda, y el mundo palpita
y se encuentra dentro de ti, ¡diosa de grandes costados!

¡Islas, moradas de los dioses! ¡Hélade, sagrada madre!
¡Oh! ¿por qué no he nacido en el santificado archipiélago
en los gloriosos siglos en que la tierra, inspirada,
asistía al descenso del cielo a la primera apelación!

Si mi cuna, flotando sobre la arcaica Tetis,
no fue acariciada por su cálido cristal;
si no he rezado bajo el frontón ático
de tu altar nativo, victoriosa belleza;

prende dentro de mi pecho la chispa sublime,
no apagues mi gloria en la tumba;
¡y deja que mis pensamientos se viertan en ritmos de oro,
como metal divino dentro de un molde armonioso!

Leconte de Lisle . Poèmes antiques.

domingo, 28 de mayo de 2017

Anónimo / Castillo de Guadaira



Castillo de Alcalá de Guadaira (Sevilla)
Diversos periodos.
Siglos XIII a XV

Al castillo de Guadaira casi arruinado

Edificio decrépito y caduco,
que forzado del záfiro barajas
essas murallas con que en vano atajas
valuartes que dieron al trabuco;

Sí vn tiempo trono fuiste a algún Maluco,
aora en ti se están haziendo rajas
golondrinas, cernícalos y grajas,
mucha zigarra y mucho abejaruco.

Tu mazmorra, tu cima, noria o pozo,
habita el gorrión, tordo o paloma:
arca eres de Noé, tremendo establo.

Tu ruina amenaza y tu destrozo,
pues te apolilla el tiempo y la carcoma.
¡Acábate de hundir ia con el diablo!

Soneto anónimo descubierto en un manuscrito del siglo XVII de la Biblioteca Nacional por Stanko B.Vranich.

domingo, 21 de mayo de 2017

Juan Perucho / Constelaciones



Joan Miró
Constelaciones
!939-41
Pintura surrealista


Joan Miró

“Se fortalece, definiéndose, sobre un fondo blanco que violenta la estructura del ojo y aparece en sucesivas transformaciones, quizá menos generoso pero más simple, con una inocencia de niño un poco pervertida y que os inquieta a causa de su absoluta concreción y astucia. Entonces se da, en este mundo diáfano, el descubrimiento de una encantada y matinal floración que os reclama a cada instante y gira con trayectoria aérea, se sobrepasa y retrocede, apunta hacia una luna azul o una estrella roja y períclita con las raíces alzadas, alrededor del personaje de la mano negra. Todo eso es para deciros que no hay muro que detenga a este cataclismo, a esta vida en perpetuo movimiento y que desconcierta como una tremenda explosión.”

Juan Perucho “Fabulaciones”

domingo, 14 de mayo de 2017

María Sanz / Jinete de Bamberg



Jinete o Caballero de Bamberg.
Escultura gótica
Siglo XIII
Catedral de Bamberg (Baviera)



Tu mirada podría
sostener una etapa jubilosa
de los viejos maestros
del alto Rin.
Tu rostro atemperado
resume cada siglo en la presencia
de quien quiso encontrarte
sin buscar un espejo
más allá de las aguas.
Caballero, qué triste
es no poder alzar ese ropaje
ceñido a tu verdad,
y sostenerlo
mientras la piedra gime
presintiendo una sombra desbocada.


Tempo de vuelo sostenido, 2004

domingo, 7 de mayo de 2017

José Saramago / Catedral de Évora



Catedral de Évora (Portugal)
Transición del Románico al Gótico
Ss. XII a XVI


Con esta feliz sentencia, se da el viajero por liberado de otros juicios generales, y entra en la catedral. Hay templos más amplios, más altos, más suntuosos, pero pocos tienen esta recogida gravedad. 

Pariente de las catedrales de Lisboa y de Porto, las supera en una especial individualidad, en una sutil diferencia de tono. Calladas todas las voces, mudos los órganos de aquí y de allá, retenidos los pasos, óigase la música profunda, que es sólo vibración intraducible de las columnas, de los arcos, de la geometría infinita que las junturas de las piedras organizan. Espacio de religión, la catedral de Évora es, de manera absoluta, un espacio humano: el destino de estas piedras fue definido por la inteligencia, fue ella la que las desentrañó de la tierra y les dio forma y sentido, es ella la que pregunta y responde en la planta dibujada en el papel. Es la inteligencia la que mantiene la torre linterna en pie, la que armoniza la pauta del triforio, la que compone los haces de columnillas. Se dirá que el viajero distingue en exceso a la catedral de Évora, enunciando loores que en tantos otros lugares serían tan justos como aquí, y tal vez más. Así es. Pero el viajero, que mucho ha visto ya, no encontró nunca piedras que como éstas crearan en el espíritu una exaltación tan confiada en el poder de la inteligencia. Quédense Batalha, los Jerónimos y Alcobaça con sus celos. Son maravillas, nadie lo negará, pero la catedral de Évora, severa y cerrada a primera vista, recibe al viajero como si le abriera los brazos, y siendo este primer movimiento el de la sensibilidad, el segundo es el de la dialéctica. 

Probablemente no son maneras de hablar de arquitectura. Un especialista moverá la cabeza, condescendiente o irritado, querrá que le hablen en un lenguaje objetivo. Por ejemplo, y a propósito de la torre linterna, que «el tambor de granito está flanqueado en los ángulos por una cornisa trilobulada con ventanas amaineladas, amparados por contrafuertes y rematados por una aguja esbelta cubierta de escamas imbricadas». Nada más exacto y científico, pero aparte de que la descripción requeriría, en algunos pasajes, explicación paralela, su lugar no sería éste. Es suficiente el riesgo a que el viajero se expone frecuentando tales alturas. Por eso se quedan en lo trivial sus accidentales incursiones en estos dominios, por eso confía en que le sean dispensadas las faltas, tanto las que ya cometió como las futuras. Usa su propio hablar para expresar su entender propio. Y como es así, se toma el atrevimiento de encoger la nariz ante Ludovice de Mafra, que aquí también llegó, cubriendo la capilla mayor de mármoles y diseño a la manera juanina, en la gravedad de un templo que respondía a las necesidades espirituales de un tiempo menos fausto. Si el busto que hay en el triforio es, realmente, del primer arquitecto de la catedral, Martim Domingues, mucho habrá sufrido la piedra en que lo tallaron.

José Saramago
'Viaje a Portugal'