lunes, 20 de marzo de 2017

Carlos Pinto Grote / Autorretrato de Van Gogh



Vincent Van Gogh
Autorretrato con sombrero.
1887
Instituto de Artes de Detroit


VINCENS VAN GOGH

Cuando te asomabas a la ventana,
con la oreja cortada,
los campos de Arlés frente a tus ojos
que sólo veían el sol,
estaban diciendo árboles, colinas,
árboles otra vez
mientras pasaba el viento sobre el trigo amarillo.

Y tu oreja cortada viajaba para el amor,
entre las nubes que venían, venían siempre
de los ocultos pasadizos
hasta el puro azul donde el cielo se consagraba.

Así, puesto el sombrero al desgaire,
te veías en el espejo
y te recorrías una y otra vez, dulcemente,
airadamente, apenas concluido
y exacto ya para el tiempo.

Luego en la habitación
donde una lámpara daba la luz propia de su quehacer,
una silla dialoga con ese ausente puro que eras
frente a ti y al espejo.

Más tarde, en la tarde,
cuando el sol ya no podía responderte,
salías, por los henares, por los caminos,
por los perdidos bosques de Arlés,
buscando esa oreja perdida que viajaba para el amor,
mientras tú preguntabas otra vez al viento
cuál era tu destino, quién eras tú, Vicente, herido,
roto, perdido en el aire que movía los trigos,
los árboles, los hombres.

“Unas cosas y otras”

domingo, 12 de marzo de 2017

Margarita Hernando de Larramendi / Laocoonte



Laocoonte y sus hijos
Siglo I d. C.
Escultura helenística
Museo Pío-Clementino (Museos Vaticanos)


El sufrimiento de Laocoonte

Más
-mucho más-
me hiere vuestra duda,
habitantes de Troya
amados míos

Mil veces la serpiente se vengue
mil veces me torture
mil veces me venza
y aun me mate

que mucho más doloroso
-que sólo insoportable-
me es vuestro recelo.

Las palabras perdidas (y otros poemas)

domingo, 5 de marzo de 2017

Vicente Huidobro / Torre Eiffel



Gustave Eiffel
Torre Eiffel
Arquitectura de los nuevos materiales
1889




TORRE EIFFEL

Torre Eiffel
Guitarra del cielo
          Tu telegrafía sin hilos
          Atrae las palabras
          Como un rosal las abejas

Durante la noche
El Sena deja de correr
              Telescopio o clarín

        TORRE EIFFEL

Y es una colmena de palabras
O un tintero de miel

Al fondo del alba
Una araña de patas de alambre
Tejía su tela de nubes

        Hijo mío
       Para subir a la Torre Eiffel
        Se sube por una canción
       Do
            Re
                Mi
                    Fa
                       Sol
                            La
                                Si
                                  Do

         Ya estamos arriba

Un pájaro canta                               Es el viento
En las antenas                                 De Europa
Telegráficas                                    El viento eléctrico

        Allá lejos

Los sombreros vuelan
Tienen alas pero no cantan

Jacqueline
        Hija de Francia
¿Qué ves allá arriba?

El Sena duerme
Bajo la sombra de sus puentes

Veo girar la Tierra
Y toco mi clarín
Hacia todos los mares

       Por la senda
       De tu perfume
       Todas las abejas y palabras se alejan

       En los cuatro horizontes
Quién no ha oído esta canción

SOY LA REINA DEL ALBA DE LOS POLOS
SOY LA ROSA DE LOS VIENTOS QUE SE AGOSTA EN CADA OTOÑO
Y CUBIERTA DE NIEVE
MUERO DE LA MUERTE DE ESTA ROSA
EN MI CABEZA UN PÁJARO CANTA EL AÑO ENTERO

De este modo la torre me habló un día

Torre Eiffel
Pajarera del mundo
           Canta                Canta

Carillón de París

El gigante colgado en medio del vacío
Es el afiche de Francia

             El día de la Victoria
             Se la cantarás a las estrellas.



domingo, 26 de febrero de 2017

Irene Sánchez Carrón / Después del baño, mujer secándose



Edgar Degas
Después del baño, mujer secándose 
Pintura impresionista
1888-92
National Gallery. Londres.


Después del baño, mujer secándose 

Se consumen de fiebre mis pinceles
 dando forma a tu roja cabellera, 
y tu nuca desnuda hecha de cera 
no aciertan a mirar mis ojos fieles. 

Resbalo por tu espalda y por tus hombros 
que no envuelve la túnica de sueño
 y en tus curvas despéñase mi empeño 
de levantar belleza con escombros. 

Te miro desde cerca y tú te escapas 
cual diosa retirándose a su templo 
ajena a la mirada que en ti atrapas. 

Me angustia no poder entrar más dentro, 
y retirar la tela con que tapas 
el misterio del cuerpo que contemplo.

Irene Sánchez Carrón
Porque no somos dioses

domingo, 19 de febrero de 2017

Luis Alberto de Cuenca / Venus de Willendorf



Venus de Willendorf
Escultura paleolítica.
22.000-20.000 a.C.
Museo de Historia Natural de Viena

La Venus de Willendorf

Entre las chicas norteamericanas
que estudian español en la academia
de enfrente de tu casa, hay una gorda
que es igual que la Venus de tus sueños.
Bajo una camiseta de elefante
que pone «University of Indiana
(Jones)» y unos pantalones de hipopótamo,
se mueve por el mundo con el arte
que le da su ascendencia mitológica.
Hace ya varios días que vigilo
desde el balcón su cuádruple barbilla
y el sol dorado de su cabellera.
Hace ya varios días que le envío,
cuando se pone a tiro de mis ojos,
dardos de amor y flechas de deseo.
Pero no llegan nunca a su destino.

Su nombre era el de todas las mujeres

domingo, 12 de febrero de 2017

Rodrigo Caro / Anfiteatro de Itálica



Arquitectura romana
Siglo II d.C.
Santiponce (Sevilla)




Estos, Fabio ¡ay dolor! que ves ahora
campos de soledad, mustio collado,
fueron un tiempo Itálica famosa;
Aquí de Cipión la vencedora
colonia fue; por tierra derribado
yace el temido honor de la espantosa
muralla, y lastimosa
reliquia es solamente
de su invencible gente.
Solo quedan memorias funerales
donde erraron ya sombras de alto ejemplo;
este llano fue plaza, allí fue templo;
de todo apenas quedan las señales.
Del gimnasio y las termas regaladas
leves vuelan cenizas desdichadas;
las torres que desprecio al aire fueron
a su gran pesadumbre se rindieron.
Este despedazado anfiteatro,
impio honor de los dioses, cuya afrenta
publica el amarillo jaramago,
ya reducido a trágico teatro,
¡oh fábula del tiempo! representa
cuánta fue su grandeza y es su estrago.

¿Cómo en el cerco vago
de su desierta arena
el gran pueblo no suena?
¿Dónde, pues fieras hay, está el desnudo
luchador? ¿Dónde está el atleta fuerte?
Todo desapareció, cambió la suerte
voces alegres en silencio mudo;
mas aun el tiempo da en estos despojos
espectáculos fieros a los ojos,
y miran tan confuso lo presente
que voces de dolor el alma siente.
Aquí nació aquel rayo de la guerra,
gran padre de la patria, honor de España,
pío, felice, triunfador Trajano,
ante quien muda se postró la tierra
que ve del sol la cuna y la que baña
el mar, también vencido, gaditano.

Rodrigo Caro
Canción a las ruinas de Itálica
Poema completo aquí.

domingo, 5 de febrero de 2017

Giovanni Papini / El hombre enfermo




Retrato de un hombre (El hombre enfermo)
Antiguamente atribuido a Sebastiano del Piombo 
1514.
Galleria degli Uffizi (Florencia)  


Nadie supo jamás el verdadero nombre de aquel a quien todos llamaban el Caballero Enfermo. No ha quedado de él, después de su impensada desaparición, más que el recuerdo de sus sonrisas y un retrato de Sebastiano del Piombo, que lo representa envuelto en una pelliza, con una mano enguantada que cae blandamente como la de un ser dormido. Alguno de los que más lo quisieron —yo estoy entre esos pocos— recuerda también su cutis de un pálido amarillo, transparente, la ligereza casi femenina de los pasos y la languidez habitual de los ojos.

Era, verdaderamente, un sembrador de espanto. Su presencia daba un color fantástico a las cosas más sencillas; cuando su mano tocaba algún objeto, parecía que éste ingresara al mundo de los sueños... Nadie le preguntó nunca cuál era su enfermedad y por qué no se cuidaba. Vivía andando siempre, sin detenerse, día y noche. Nadie supo nunca dónde estaba su casa, nadie le conoció padres o hermanos. Apareció un día en la ciudad y, después de algunos años, otro día, desapareció.

La víspera de este día, a primera hora de la mañana, cuando apenas el cielo empezaba a iluminarse, vino a despertarme a mi cuarto. Sentí la caricia de su guante sobre mi frente y lo vi ante mí, con la sonrisa que parecía el recuerdo de una sonrisa y los ojos más extraviados que de costumbre. Me di cuenta, a causa del enrojecimiento de los párpados, que había pasado toda la noche velando y que debía haber esperado la aurora con gran ansiedad porque sus manos temblaban y todo su cuerpo parecía presa de fiebre.

La última visita del caballero enfermo

Cuento completo aquí