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domingo, 7 de enero de 2018

Édouard Schuré / Hermes de Olimpia



Praxíteles
Hermes con Dionisos niño.
Escultura griega del periodo clásico final.
Siglo IV a. C.


¿Queréis ahora contemplar a la flor de la juventud helénica? Contemplad el Hermes de Praxíteles. La estatua se ha conservado casi intacta en el mismo lugar en el que la colocara Pausanias en el templo de Juno, y está de acuerdo con su descripción. No hay, pues, duda alguna sobre su autenticidad. Más su mejor firma es su belleza. He aquí el arte griego en su perfección con un encanto fluido y un temblor de vida que no pertenece más que a este maestro. Hermes, que está en pie y tiene la cabeza levemente inclinada, lleva en su brazo izquierdo un pequeño Baco a quien muestra un racimo de uvas que sostiene con la derecha. El niño se apoya con una mano en el hombro de su preceptor y tiende la otra hacia el fruto deseado. Y el hermoso joven mira al niño apasionado con ternura y dulce malicia. Diríase que el tórax, el cuello, los brazos y las piernas de Hermes han sido cinceladas por las Gracias y ajustadas al canto de las Musas. En su frente transparente brilla la inteligencia bajo la rizada cabellera; una sonrisa entreabre sus labios, y el pensamiento brota de sus ojos claros. Va a hablar… La palestra le ha servido únicamente para hacer que su cuerpo se convierta en la lira de su alma, en el templo de su espíritu. Es el verdadero efebo; presto a escuchar a Sófocles y a comprender a Platón. De este mármol emana un escalofrío de divina juventud, que nos hace pensar que la forma humana es algo sagrado.

La Grecia heroica y sagrada

jueves, 30 de marzo de 2017

John Keats / Vaso de Sosibios



Sosibios
Crátera de volutas
Estilo neo-áticoSiglo I a. C.
Museo del Louvre




Oda a una urna griega

Tú, todavía virgen esposa de la calma,
criatura nutrida de silencio y de tiempo,
narradora del bosque que nos cuentas
una florida historia más suave que estos versos.
En el foliado friso ¿qué leyenda te ronda
de dioses o mortales, o de ambos quizá,
que en el Tempe se ven o en los valles de Arcadia?
¿Qué deidades son esas, o qué hombres? ¿Qué doncellas rebeldes?
¿Qué rapto delirante? ¿Y esa loca carrera? ¿Quién lucha por huir?
¿Qué son esas zampoñas, qué esos tamboriles, ese salvaje frenesí?  

 Si oídas melodías son dulces, más lo son las no oídas;
sonad por eso, tiernas zampoñas,
no para los sentidos, sino más exquisitas,
tocad para el espíritu canciones silenciosas.
Bello doncel, debajo de los árboles tu canto
ya no puedes cesar, como no pueden ellos deshojarse.
Osado amante, nunca, nunca podrás besarla
aunque casi la alcances, mas no te desesperes:
marchitarse no puede aunque no calmes tu ansia,
¡serás su amante siempre, y ella por siempre bella!
         
 ¡Dichosas, ah, dichosas ramas de hojas perennes
que no despedirán jamás la primavera!
Y tú, dichoso músico, que infatigable
modulas incesantes tus cantos siempre nuevos.
¡Dichoso amor! ¡Dichoso amor, aun más dichoso!
Por siempre ardiente y jamás saciado,
anhelante por siempre y para siempre joven;
cuán superior a la pasión del hombre
que en pena deja el corazón hastiado,
la garganta y la frente abrasadas de ardores.

¿Éstos, quiénes serán que al sacrificio acuden?
¿Hasta qué verde altar, misterioso oficiante,
llevas esa ternera que hacia los cielos muge,
los suaves flancos cubiertos de guirnaldas?
¿Qué pequeña ciudad a la vera del río o de la mar,
alzada en la montaña su calma ciudadela
vacía está de gentes esta sacra mañana?
Oh diminuto pueblo, por siempre silenciosas
tus calles quedarán, y ni un alma que sepa
por qué estás desolado podrá nunca volver.

¡Ática imagen! ¡Bella actitud, marmórea estirpe
de hombres y de doncellas cincelada,
con ramas de floresta y pisoteadas hierbas!
¡Tú, silenciosa forma, tu enigma nuestro pensar excede
como la Eternidad! ¡Oh fría Pastoral!
Cuando a nuestra generación destruya el tiempo
tú permanecerás, entre penas distintas
de las nuestras, amiga de los hombres, diciendo:
«La belleza es verdad y la verdad belleza»... Nada más
se sabe en esta tierra y no más hace falta.


domingo, 11 de septiembre de 2016

Mercedes Cortázar / Afrodita de Cnido


S. IV a. C.



LA AFRODITA DE CNIDO

I
el visitante
te sorprende
en el baño
cuando miras
el reflejo de tu piel
en las aguas que te rodean.
si levantas los ojos
puedes ver a Rodas
en la distancia,
pero sigues observando
tu reflejo,
el mármol
transformado en piel,
el dulce juego de la luz
en la transparencia
de tu cuerpo.

II
cabalgando sobre los blancos corceles,
-- olas espumosas del mar divino --
atraviesas los que te anuncian
con conchas y trompetas,
chorreando algas y océano.
ignoras a los tritones,
áurea hija de Zeus,
cuando pasas con tus níveos brazos
domando el pináculo de la onda
que te propulsa
y te entrega
a la amorosa
y rosada playa donde,
finalmente,
reposas.

III
no truecas la caricia
por el cetro del Cronión,
y si usas el oro
es para verte
reflejada en él.
ante ti caen las espadas
y se yerguen los sueños.
la mullida esperanza
espera
en la alcoba
donde tú oficias
el lascivo
olvido
de la guerra.


IV
te escondes
en el gineceo,
y ni la furibunda noche,
ni el adusto viento
logran que depongas tu arco
y sueltes tu carcaj,
lleno de broncíneas flechas
con flamíferas puntas
-- regalo de las Parcas
de la negra muerte.
en el regazo de tu madre
pasas la noche,
recostando tu rostro
sobre el bordado ceñidor
del amor y el deseo
-- infante travieso --
tramando a quién
traspasarás mañana.