domingo, 23 de octubre de 2016

J. W. von Goethe / Templo de Segesta

Finales del siglo V a.C.
Arquitectura dórica griega

El templo de Segesta no se acabó nunca y el espacio alrededor no ha sido nunca allanado; sólo allanaron el círculo donde se cimentaron las columnas pues todavía ahora están en muchos sitios los escalones enterrados nueve o diez pies en el suelo y no hay monte en las cercanías de donde hubieran podido bajar las piedras y la tierra. Las piedras están, la mayoría, tendidas en su posición natural y no se encuentran ruinas.

Todas las columnas vense en pie: dos que se cayeron, las levantaron. (…)


Los costados tienen doce columnas, sin las de esquina. La parte de adelante y la de atrás, seis, con las de esquina. Las muescas que sirven para transportar las piedras no fueron cortadas en los escalones que rodean el templo, prueba de que jamás se terminó. Donde mejor se advierte es en el suelo, a trechos enlosado, en el centro se ve la caliza roja más alta que el nivel del piso; nunca debió ser embaldosado. Tampoco hay rastro alguno de sala interior pero debe suponerse que existía su proyecto. No estuvo estucado pero se supone que la intención era esa. En las piedras llanas de los capiteles hay salientes donde tal vez debiera prender el estuco. Todo está construido de una suerte de caliza semejante al travertino, ahora muy carcomida. La restauración de 1781 hizo mucho bien al edificio. El corte que une las piedras es sencillo pero bonito (…)


El emplazamiento del templo es singular. Al extremo superior de un valle ancho y largo, encima de una colina aislada rodeada de peñascos. Tiene vista sobre una gran extensión de tierra, pero sólo una esquina de mar. La tierra presenta el aspecto inmóvil de una fertilidad triste: todo está cultivado más no se ve habitación casi en ninguna parte. Sobre cardos en flor revolotean innumerables mariposas. (…) El viento susurraba entre las columnas como en un bosque y las aves de rapiña graznaban cerniéndose sobre el entablamento.



Johann Wolfgang von Goethe. Viaje por Italia

domingo, 9 de octubre de 2016

Josefa Parra / Habitación de hotel


Habitación de hotel
1931
Museo Thyssen-Bornemisza. Madrid


Si hubiera una promesa
entre tú y yo, una cita
prorrogada, una luz allá a lo lejos
con que poder guiarme;
si quedase esperanza
-aunque fuese una triste
diminuta esperanza-;
si alguna vez tus labios
hubiesen pronunciado
la palabra mortal que yo anhelaba,
o algo que me sonara parecido,
pienso que aún hallaría
razón para aguardarte.
¿Y quién sabe si el trueque de la carne
no fue, de alguna forma, una promesa?

Josefa ParraDe "Alcoba del agua" 2002

domingo, 2 de octubre de 2016

Jorge Semprún / Judith y Holofernes



“Judit y Holofernes”
1611-12
Pintura barroca italiana
Museo de Capodimonte (Nápoles)




Del legajo se escapó una tarjeta postal, la recogió del suelo. Una imagen en blanco y negro gastada por el tiempo, el uso, el manoseo. Pero Mercedes recordaba los colores del cuadro que reproducía. «Me parece estar viéndolos», le había comentado alguna vez a Raquel. Alguna de las veces, a lo largo de los años, en que comentó con ésta -¿con quién si no?- las peripecias del viaje de novios de aquel verano, veinte años antes.
Se acordaba, es verdad.
Lo primero que en Nápoles llamó su atención, en el Museo de Capodimonte, fue la blancura nevosa de los hombros de Judit, sus pechos casi desnudos cuya belleza subrayaba la sombra que en el lienzo aislaba, realzándola, su mutua redondez.
En aquel cuadro Judit lucía un vestido azul, muy escotado. Pero ¿lucía realmente? Era el vestido, en efecto, de un azul poco lucido, poco reluciente, más bien apagado, como recluido en su propia densidad. No era un azul que reluciera sobre el lienzo, iluminándolo, sino que lo impregnaba, lo empapaba, difuminando por la superficie del cuadro una nocturnidad diáfana que se armonizaba con el sordo color rojo del vestido de la sirvienta de Judit, adecentado, sin escote ni hombros desnudos, ni senos sugeridos, mostrados en el caso de su ama hasta el  borde mismo del pezón.
La sirvienta sujetaba a Holofernes mientras su señora lo degollaba limpiamente, o sea, de un tajo de su corta y ancha espada que podía calificarse de limpio por lo decidido, lo tajante, justamente, aunque produjera borbotones de sangre que ensuciaban las sábanas del lecho instalado en la tienda de campaña del general enemigo de los judíos.
«Capodimonte, 1936, junio», estaba escrito al dorso de la postal que se acababa de escapar de la carpeta, en el espacio habitualmente reservado a la correspondencia, con la letra puntiaguda y vagorosa, la suya, de colegio de monjas, que se estilaba en los años treinta, hoy un tanto desvaída, casi borrosa, y es que había sido con lapicero.

Jorge Semprún  “Veinte años y un día”

lunes, 26 de septiembre de 2016

Octavio Paz / Dulcinea


Dulcinea
1911
Cubismo-futurismo
Museo de Arte de Filadelfia
 

La Dulcinea de Marcel Duchamp

 A Eulalio Ferrer
-Metafísica estáis.
-Hago striptease.

Ardua pero plausible, la pintura
cambia la tela blanca en pardo llano
y en Dulcinea al polvo castellano
torbellino resuelto en escultura.

Transeúnte de París, en su figura
—molino de ficciones, inhumano
rigor y geometría— Eros tirano
desnuda en cinco chorros su estatura.

Mujer en rotación que se disgrega
y es surtidor de sesgos y reflejos:
mientras más se desviste más se niega.
La mente es una cámara de espejos;
invisible en el cuadro, Dulcinea
perdura: fue mujer y ya es idea.
Árbol adentro

domingo, 18 de septiembre de 2016

Friedrich Nietzsche / El caballero, la muerte y el diablo




Alberto Durero
El caballero, la muerte y el diablo
Renacimiento alemán
1513
  

Que nadie intente debilitar nuestra fe en un renacimiento ya inminente de la Antigüedad griega; pues en ella encontramos la única esperanza de una renovación y purificación del espíritu alemán por la magia de fuego de la música. ¿Qué otra cosa podríamos mencionar que, en la desolación y decaimiento de la cultura de ahora, pudiese despertar alguna expectativa consoladora para el futuro? En vano andamos al acecho de una única raíz que haya echado ramas vigorosas, de un pedazo de tierra sana y fértil: por todas partes polvo, arena, rigidez, consunción. Aquí un hombre aislado y sin consuelo no podría elegir mejor símbolo que el caballero con la muerte y el diablo, tal como nos lo dibujó Durero, el caballero recubierto con su armadura, de dura, broncínea mirada, que emprende su camino de espanto, sin que lo desvíen sus horripilantes compañeros, y, sin embargo, desesperanzado, sólo con el corcel y el perro. Nuestro Schopenhauer fue un caballero dureriano de este tipo: le faltaba toda esperanza, pero quería la verdad. No existe su igual.

Friedrich Nietzsche “El nacimiento de la tragedia”

domingo, 11 de septiembre de 2016

Mercedes Cortázar / Afrodita de Cnido


S. IV a. C.



LA AFRODITA DE CNIDO

I
el visitante
te sorprende
en el baño
cuando miras
el reflejo de tu piel
en las aguas que te rodean.
si levantas los ojos
puedes ver a Rodas
en la distancia,
pero sigues observando
tu reflejo,
el mármol
transformado en piel,
el dulce juego de la luz
en la transparencia
de tu cuerpo.

II
cabalgando sobre los blancos corceles,
-- olas espumosas del mar divino --
atraviesas los que te anuncian
con conchas y trompetas,
chorreando algas y océano.
ignoras a los tritones,
áurea hija de Zeus,
cuando pasas con tus níveos brazos
domando el pináculo de la onda
que te propulsa
y te entrega
a la amorosa
y rosada playa donde,
finalmente,
reposas.

III
no truecas la caricia
por el cetro del Cronión,
y si usas el oro
es para verte
reflejada en él.
ante ti caen las espadas
y se yerguen los sueños.
la mullida esperanza
espera
en la alcoba
donde tú oficias
el lascivo
olvido
de la guerra.


IV
te escondes
en el gineceo,
y ni la furibunda noche,
ni el adusto viento
logran que depongas tu arco
y sueltes tu carcaj,
lleno de broncíneas flechas
con flamíferas puntas
-- regalo de las Parcas
de la negra muerte.
en el regazo de tu madre
pasas la noche,
recostando tu rostro
sobre el bordado ceñidor
del amor y el deseo
-- infante travieso --
tramando a quién
traspasarás mañana.



lunes, 5 de septiembre de 2016

Luis de Góngora / El Escorial


Monasterio de El Escorial (Madrid)
Siglo XVI

DE SAN LORENZO EL REAL DEL ESCORIAL

Sacros, altos, dorados capiteles,
Que a las nubes borráis sus arreboles,
Febo os teme por más lucientes soles
Y el cielo por gigantes más crueles.


Depón tus rayos, Júpiter; no celes
Los tuyos, Sol; de un templo son faroles
Que al mayor mártir de los españoles
Erigió el mayor rey de los fieles.

Religiosa grandeza del Monarca
Cuya diestra real al Nuevo Mundo
Abrevia, y el Oriente se le humilla.

Perdone el tiempo, lisonjee la Parca
La beldad desta Octava Maravilla,
Los años deste Salomón Segundo.