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domingo, 20 de agosto de 2017

Tracy Chevalier / La joven de la perla



La joven de la perla
Pintura barroca holandes
1665-67
Mauritshuis de La Haya


De mala gana tomé los dos trozos y me fui al almacén para probar de nuevo frente al espejo. Me até la tela azul sobre la frente y la amarilla la enrollé de forma que me cubriera la coronilla. Remetí el extremo en una de las vueltas dejando que me cayera a un lado de la cabeza. Quité las arrugas que se formaron, alisé la tela azul que me cubría la frente y volví a entrar en el estudio.
(...)
El cuadro no se parecía a ninguno de los otros. Sólo se me veía a mí, mi cabeza y mis hombros, sin mesas ni cortinas ni ventanas ni brochas que suavizaran o distrajeran la atención. Me había pintado con los ojos muy abiertos, la cara directamente iluminada de frente, pero el lateral izquierdo en la sombra. Iba vestida de azul y amarillo y marrón. El paño que llevaba enrollado en la cabeza hacía que pareciera otra Griet, una Griet de otra ciudad o incluso de otro país. El fondo era negro, lo que contribuía a que se me viera más sola, aunque estaba claramente mirando a alguien. Parecía que estaba esperando algo que no creía que fuera a suceder nunca.

La joven de la perla.

domingo, 22 de enero de 2017

Ramón Cote / El buey desollado



1655 
Museo del Louvre
Pintura barroca holandesa




RES DESOLLADA
          Rembrandt
                                 Para Antonio López Ortega

Cómo sabes que me corrompe el aire.
Por qué te enamoraste de mí ahora
      que cuelgo
y enumeras cada una de mis costillas,
y con detenimiento observas los nudos
      de mis tendones
como si me hubieras visto alguna vez
pastar entre los campos
¿Acaso te reconoces en mis heridas?
Si esto llegara a ser cierto, hermano
      mío, entonces
déjame abrirme en carne viva
para mostrarte mi fragante entrada a
      la muerte.
Termina de una vez por todas, pintor
      de cara triste,
mira que muy pronto me llamarán
      pestilente
y me convertiré en la atracción de
      todas las moscas
de este matadero de Amsterdam.

“Colección privada”

lunes, 21 de noviembre de 2016

Javier Marías / Artemisia



Rembrandt Harmenszoon van Rijn
Artemisia
1634
Museo del Prado, Madrid
Pintura barroca holandesa


En una ocasión salió de su despacho casi a la hora de cerrar, cuando la mayoría de los visitantes habían salido, y encontró a un viejo guardián llamado Mateu (llevaba allí veinticinco años) jugando con un mechero no recargable y el borde de un Rembrandt, concretamente el borde inferior izquierdo del titulado Artemisa, de 1634, el único Rembrandt seguro del Museo del Prado, en el que la susodicha Artemisa, con rasgos muy parecidos a los de Saskia, mujer y frecuente modelo del pintor genio, mira de soslayo una enrevesada copa que le ofrece una sirvienta joven arrodillada y casi de espaldas. La escena se ha interpretado de dos formas, como Artemisa, reina de Halicarnaso, en el momento de ir a beber la copa con las cenizas de Mausolo, su marido muerto para quien hizo erigir un sepulcro que fue una de las siete maravillas del mundo antiguo (de ahí mausoleo), o como Sofonisba, hija del cartaginés Asdrúbal, que para no caer viva en manos de Escipión y los suyos, que la reclamaban formalmente, pidió a su nuevo esposo Masinisa una copa con veneno como regalo de boda, copa que según la historia le fue procurada por mor de la fidelidad en peligro, y eso que Sofonisba no había sido sólo suya y había estado casada ya antes con otro, el jefe Sifax de los masesilianos, a quien de hecho acababa de robársela el segundo y saqueador marido (susodicho Masinisa) durante la confusa toma de Cirta, hoy Constantina en Argelia. Así, es difícil saber ante el cuadro si en honor de Mausolo va a beber Artemisa maritales cenizas o marital veneno Sofonisba por culpa de Masinisa; aunque por la expresión soslayada de ambas más parece que una u otra fueran a ingerir, no sin vacilaciones, alguna pócima adulterina. Sea como sea, al fondo hay una cabeza de vieja que observa la copa más que a la sirvienta o a la propia Artemisa (de ser Sofonisba, es posible que la vieja le haya puesto el veneno), no se la ve bien del todo, el fondo es una penumbra demasiado misteriosa o está demasiado sucio, y la figura de Sofonisba es tan luminosa y abulta tanto que hace a la vieja aún más dudosa.

Corazón tan blanco

domingo, 29 de mayo de 2016

Manuel Rivas / La lechera


La lechera,
1658-60
Pintura barroca. Escuela holandesa
Rijksmuseum  (Amsterdam)


Tambien fui al Rijksmuseum y allí encontré La lechera de Vermeer.
El embrujo de La lechera, pintado en  1660, radica en la luz. Expertos y críticos han  escrito textos muy sugerentes sobre la naturaleza de esa luminosidad, pero la última conclusión es siempre un interrogante. Es lo que llaman el misterio de Vermeer. Antes de ir a parar al Rijksmuseum, tuvo varios propietarios. En 1798 fue vendido por un tal Jan Jacob a un tal J. Spaan por un precio de 1.500  florines. En el inventario se hace la siguiente observación: «La luz, entrando por una ventana en el lateral, da una impresión milagrosamente natural».       
Ante esa pintura, yo tengo tres años. Conozco a aquella mujer. Sé la respuesta al  enigma de la luz.

Hace siglos, madre, en Delft, ¿recuerdas?,
tú vertías la jarra en casa de Johannes
Vermeer , el pintor, el marido de Catharina Bolnes, 
hija de la señora Marí Thins, aquella estirada, 
que tenía otro hijo medio loco,
Willem, si mal no recuerdo,
el que deshonró a la pobre Mary Gerrits,
la criada que ahora abre la puerta 
para que entres tú, madre, 
y te acerques a la mesa del rincón
y con la jarra derrames mariposas de luz 
que el ganado de los tuyos apacentó 
en los verdes y sombríos tapices de Delft. 
La misma que yo soñé en el Rijksmuseum, 
Johannes Vermeer encalará con leche 
esas paredes, el latón, el cesto, el pan, 
tus brazos, 
aunque en la ficción del cuadro
la fuente luminosa es la ventana. 
La luz de Vermeer, ese enigma de siglos, 
esa claridad inefable sacudida de las manos de Dios, 
leche por ti ordeñada en el establo oscuro, 
a la hora de los murciélagos.    

Cuando le di a leer el poema a mi madre, ni siquiera pestañeó. Me sentí inseguro. Hablaba de la luz, quizá era demasiado oscuro. Fui a un estante y cogí un libro sobre Vermeer, el de John Michael Montias, en que venía una reproducción de La lechera. Esta vez, mi madre pareció impresionada. Miró la estampa durante mucho tiempo sin hablar. Después guardó el poema y se fue.    
Días más tarde, mi madre volvió de visita a nuestra casa. Traía, como acostumbra, huevos de sus gallinas, y patatas, cebollas y  lechugas de su huerta. Ella siempre dice. «Vayas donde vayas, lleva algo». Antes de despedirse dijo: « He traído también una cosa para ti ». Abrió el bolso y sacó un papel blanco doblado como un pañuelo de encaje. El papel envolvía una foto. Mi madre explicó que había ido de casa en casa de sus hermanas para poder recuperarla. La foto era de soltera. Anterior a 1960 pero muy posterior, desde luego, a 1660. Mi madre no recuerda quién fue el fotógrafo. Sí recuerda la casa, la dueña de mal carácter, el hijo medio loco y la criada que abría la puerta. Era una chica muy guapa, de cerca de Culleredo. «Un día fui y me abrió otra. A ella la habían despedido, pero yo nunca supe el porqué.» En su mirada había una pregunta: «¿Y tú cómo supiste lo de la pobre Mary? ». Luego sentenció: «Tras los pobres anda siempre la guadaña». Por el contrario, mi madre no le daba ninguna importancia a que la mujer del cuadro y la de la foto se pareciesen tanto como dos gotas de leche.