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miércoles, 19 de enero de 2022

Antonio de Zayas / Cecilia de Gonzaga





Pisanello (Antonio de Puccio Pisano)
Medalla de Cecilia Gonzaga.
Circa 1447
Arte renacentista del Quattrocento. 


Cecilia de Gonzaga

 

Sobre un tapiz de imaginarias flores

vese estampada la convexa frente

y el rígido perfil adolescente

de una virgen de pálidos colores.

Numen de provenzales trovadores

o de un tríptico imagen inocente

su impúber seno palpitar no siente

a impulsos de la fe ni los amores.

El cabello raquítico tirante

circunda en vueltas mil cándida cinta

como corona del marqués de mantuano.

Alma así de una edad agonizante

a la heredera de Gonzaga pinta

el arte ingenuo del pintor Pissano.  

 Antonio de Zayas

Retratos antiguos









Según el profesor Vicente J. Nebot, aunque Zayas afirmaba que el poema alude a la medalla que el artista realizó de Cecilia Gonzaga, es casi seguro, por la precisa descripción que hace, que sus versos se refieran a la pintura sobre tabla «Retrato de una princesa de Este»





 


domingo, 10 de junio de 2018

Marilina Rébora / Retrato de abuelo con nieto



Domenico Ghirlandaio
Retrato de abuelo con nieto
Pintura renacentista italiana del Quattrocento
1490
Museo del Louvre

El niño mira inmóvil la cara del abuelo,
del todo indiferente al punzó de su traje
o al reflejo plateado del bien peinado pelo
o al fondo con azul del lejano paisaje.

Es la nariz violenta, ridículo modelo,
lo que el nieto no ha visto en ningún personaje
y que atrae la mirada de inquisitivo anhelo,
mientras posa la mano sobre el rico ropaje.

Delicioso perfil en su inocencia grato.
Delicadas facciones en brusca diferencia-
se han querido acentuar con uno, otro retrato-:

el del anciano, exento de mayores arrugas,
quizá para mostrar más la cruel excrecencia
de la nariz, asiento de vinosas verrugas.



domingo, 28 de agosto de 2016

Espido Freire / San Jorge y el dragón.



San Jorge y el Dragón
c. 1455-60
Pintura renacentista italiana del quattrocento
Temple sobre lienzo
National Gallery, Londres

  
Tres meses después, cuando yo ya conocía bien los secretos que esperaba que me desvelara, ella regresaba de nuevo a su casa y a la National Gallery. Había encontrado trabajo en ella como vigilante al poco de llegar.
En los primeros días en Londres, yo giraba en torno a la National Gallery como un perro abandonado. Pensaba que si no encontraba alumnos, o si las clases resultaban demasiado caras, podría entrar a trabajar allí, como ella. Rondaba la sala 58, en la que los santos y santas de Crivelli parecían levitar sobre sus dedos larguísimos y sus pies inacabables, y las postales que envié por aquellas fechas se desplegaban para mostrar el mismo cuadro: San Miguel y el diablo bermejo.
Me gustaba también Ucello, cómo su San Jorge caballero implacable destrozaba al dragón que mantenía presa a la princesa, y cómo ella continuaba en su lugar, digna y erguida, hasta que aquella lucha hubiera terminado. La princesa de Tintoretto escapaba despavorida mientras el santo cumplía con su misión divina. La muchacha de Ucello era tan inhumana como la luz de la luna en el cuadro diurno, como la concentrada saña de San Jorge, o el irregular patrón del césped que los rodeaba. Junto a ellos el dragón, con sus ocelos de mariposa en las alas, se arrastraba por el suelo, herido, inevitablemente enternecedor.
“Diabulus in música”