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domingo, 12 de noviembre de 2017

J.P. Eckermann / Puesta de sol en un puerto



Puesta de sol en un puerto
1639
Pintura barroca francesa
 Museo del Louvre, Paris 


 “Viernes, 10 de abril. «Mientras  llega la sopa, voy a darle algo que le regale la vista». Con esas amables  palabras, Goethe puso ante mí un tomo con paisajes de Claudio de  Lorena. Eran los primeros cuadros de este  gran maestro que yo veía. Me produjeron una impresión extraordinaria, y mi asombro y mi delicia aumentaban a medida que, una tras otra, iba volviendo las hojas. Sentía con  máximas artísticas constantemente repetidas del gran maestro, la intensidad de las masas de sombra acá  y allá repartidas, el potente resplandor del Sol en el fondo y su reflejo en el agua, que hacían que la impresión producida fuese de gran claridad  y decisión. Admiraba también el arte con que cada cuadro formaba por sí  un pequeño mundo, pues nada existía que no estuviese en consonancia  con el ambiente dominante y no contribuyese a acentuarlo. Ya fuese  un puerto en que descansaban unos  barcos y en que se veían activos  pescadores y magníficos edificios próximos al agua ; ya una comarca sombría, de colinas, con cabras que pastaban ; un arroyo y un puentecito,  un poco de boscaje Y algunos árboles  umbrosos bajo los cuales toca un  pastor su flauta ; bien una comarca  pantanoso con aguas quietas, que en el calor del verano daban la impresión de un agradable fresco ; el cuadro era siempre absolutamente uno;  nada había en él de extraño, siempre cosa impropia de aquel ambiente. 
«Ahí tiene usted un hombre perfecto - dijo Goethe - que ha pensado y sentido bellamente, y en cuya alma moraba un mundo que no es fácil encontrar afuera. Sus cuadros poseen la mayor verdad, pero ni sombra de realidad. Claudio de Lorena conocía de memoria el mundo real, hasta en sus menores detalles, y lo empleaba como medio de expresar el mundo que alberga en su alma hermosa. Ésta es la verdadera idealidad, la que sabe servirse de tal modo de medios reales, que la verdad que resulta produce la ilusión de ser real.»

“Conversaciones con Goethe”


domingo, 2 de julio de 2017

Denis Diderot / La raya



La Raya
1725-26
Pintura barroca francesa
 Museo del Louvre, Paris


Chardin

Después de que mi hijo hubiera copiado y recopiado este fragmento, lo ocuparía en La Raya desollada del mismo maestro. El objeto es repugnante, pero es la carne misma del pescado, es su piel, es su sangre; el aspecto real de la cosa no impresionaría más. Señor Pedro, mirad bien este pedazo, cuando vayáis a la Academia, y aprended, si podéis, el secreto de salvar por medio del talento la repugnancia de ciertas naturalezas.

No se entiende esta magia. Son las capas espesas de color, aplicadas unas sobre otras y cuyo efecto transpira de abajo hasta arriba. Por una parte, se diría que es un vapor que se ha insuflado sobre la tela, por otra, una espuma ligera que se ha lanzado. Rubens, Berghem, Greuze, Loutherbourg os explicarían como hacerlo mejor que yo, haciendo todos sentir el efecto en vuestros ojos. Acercaos, todo se nubla, se aplasta y desaparece, alejaos, todo se recrea y se reproduce.

Me han contado que subiendo Greuze al Salón y dándose cuenta del fragmento de Chardin que acabo de describir, lo miró y pasó emitiendo un profundo suspiro. Este elogio es más corto y mejor que el mío.

¿Quién pagará los cuadros de Chardin cuándo este extraño hombre ya no esté?

Salon de 1763
Original en francés.

domingo, 25 de diciembre de 2016

Antonio Colinas / La caza de Meleagro



La caza de Meleagro
Pintura barroca francesa
1637/38
Museo del Prado. Madrid.

HOMENAJE A POUSSIN

Cicatrices de luz verde en el cielo.
Nubes de cobre rojo, de oro viejo.
De madrugada el bosque es una virgen
húmeda y vaporosa, destrenzada.
En el silencio de las espesuras
galopes de unos pechos como muros,
relinchos de corceles temerosos.
A la caza galopa Meleagro.
Ciñe el laurel la noble frente ebúrnea.
Todo el cuerpo de enfebrecido mármol
es azotado por las madreselvas.
Cicatrices, relámpagos del cielo.
Muerden los cascos todo el césped frío.
Suena como un tambor la tierra fértil.
Sabroso viene el aire hasta los labios.
Las puntas de la lanzas, con rocío.
Bajo los ojos muertos de Diana
pasan como una tromba los guerreros.

Truenos y flautas en un templo